¿Qué ocurre cuando llegas a la vejez sin haber cumplido el mandato social que durante generaciones se impuso a las mujeres: casarte, formar una familia y tener hijos para que «te cuiden» cuando envejezcas?

¿Qué sucede cuando elegiste, una vida independiente, y el costo de esa decisión es enfrentar la soledad, la invisibilidad y la ausencia de una red?

¿Qué pasa cuando necesitas acceder a servicios de salud, realizar trámites ciudadanos, cobrar una pensión o solicitar una cita médica y te encuentras que ahora casi todo se hace de manera digital? Computadores, teléfonos inteligentes, aplicaciones, correos electrónicos y plataformas virtuales se convierten en requisitos indispensables para ejercer derechos básicos, mientras tú nunca tuviste la oportunidad de aprender a utilizarlos.

Estas preguntas comenzaron a surgir cuando conocimos a un grupo de mujeres adultas mayores cuyas historias desafían los modelos tradicionales de vida femenina. Son mujeres que nunca se casaron ni tuvieron hijos. Aunque muchas de ellas no se nombran como lesbianas, porque crecieron en una época en la que esa posibilidad ni siquiera existía, sí expresan con claridad que nunca sintieron interés por los hombres ni por construir relaciones afectivas o sexuales con ellos. Su existencia ha sido, en sí misma, una forma de resistencia silenciosa frente a la heteronorma!

Descubrimos que, al igual que millones de mujeres, muchas de ellas son sobrevivientes de violencia sexual y de múltiples formas de violencia de género y de clase que marcaron sus trayectorias de vida. La diferencia es que, al llegar a la vejez, esas experiencias suelen permanecer invisibles y pocas veces encuentran espacios seguros para ser nombradas y sanadas.

Nuestro acompañamiento busca responder, en primer lugar, a sus necesidades más inmediatas: facilitar el acceso a atención médica, chequeos preventivos, verificar condiciones de vivienda, y el acceso a servicios básicos y acompañarlas en gestiones que muchas veces resultan complejas para ser gestionadas.

Entendemos también que el bienestar no depende únicamente de resolver necesidades materiales pues implica recuperar vínculos y confianza, generar espacios donde compartir historias, reír, recordar y sentirse escuchadas. Para esto facilitamos actividades recreativas, ejercicios para estimular la memoria y las capacidades cognitivas, encuentros de conversación y redes de apoyo entre ellas, organizadas según la cercanía de sus hogares, para que puedan acompañarse mutuamente en situaciones de emergencia y en la vida cotidiana.

En este proceso hemos aprendido que el mayor riesgo que enfrentan muchas mujeres mayores no es únicamente la precariedad económica o el deterioro de la salud, sino la invisibilización de sus vidas y la ausencia de redes de cuidado construidas desde el reconocimiento de sus trayectorias. La sociedad suele asumir que toda persona mayor cuenta con una familia que la sostiene; cuando esa familia no existe, las instituciones tampoco ofrecen respuestas suficientes.

Este proceso nos ha permitido comprender que acompañar a mujeres adultas mayores que han vivido al margen de la heteronorma exige mucho más que respuestas asistenciales. Significa reconocer que sus condiciones actuales son el resultado de décadas de exclusión, silencios y modelos sociales que nunca contemplaron otras formas de vivir, amar y envejecer.

También nos ha enseñado que la autonomía no debería traducirse en abandono, ni la ausencia de pareja o descendencia en desprotección. Envejecer con dignidad requiere comunidades que cuiden, instituciones accesibles y políticas públicas capaces de reconocer la diversidad de trayectorias de vida de las mujeres. Nos queda un largo tramo por trabajar en este sentido.