Inicia mayo, y el tiempo parece avanzar con una velocidad abrumadora. Entre reuniones, talleres, acompañamientos y múltiples actividades que sostienen nuestro trabajo cotidiano, hacemos una pausa necesaria para mirar hacia el inicio de año, evaluar lo recorrido y preguntarnos qué está ocurriendo en nuestros territorios y con nuestras comunidades.
En estos meses hemos continuado desarrollando procesos de formación, sensibilización y diálogo sobre derechos y realidades LBTQ+ en provincias como Esmeraldas, Imbabura, Cotopaxi y Pichincha. Espacios construidos desde la escucha, la memoria, el encuentro y la resistencia colectiva, donde compartimos herramientas para enfrentar las violencias y fortalecer nuestras redes comunitarias.
Sin embargo, hay una realidad que nos preocupa profundamente y que se repite con cada vez más frecuencia: el aumento de compañeras que buscan asesoría, contención y acompañamiento tras haber vivido situaciones de discriminación por su orientación sexual. Historias marcadas por el rechazo familiar, la expulsión de espacios educativos o laborales, la violencia verbal y psicológica, y el aislamiento al que muchas son empujadas simplemente por existir y amar de manera distinta a lo impuesto por la norma.
A esto se suma el miedo persistente de muchas jóvenes lesbianas y personas sexo-género diversas a ser encerradas en centros de rehabilitación clandestinos o espacios de “corrección”, donde todavía se intenta “curar” el lesbianismo y otras identidades disidentes mediante violencia, tortura y humillación. Aunque hemos denunciado estas prácticas durante años, siguen operando bajo el silencio, la impunidad y la complicidad social e institucional.
Lo alarmante no es únicamente que estos casos continúen existiendo, sino que muchas veces ocurren dentro de los propios hogares y comunidades, en contextos donde el conservadurismo, los discursos anti-derechos y el desconocimiento alimentan el control sobre los cuerpos, los deseos y las vidas de las personas LBTQ+.
Por eso insistimos en la importancia de seguir construyendo espacios seguros de encuentro, información y acompañamiento. Porque hablar de derechos, autonomía y libertad no es una consigna vacía: para muchas compañeras representa la posibilidad real de sobrevivir, de escapar de la violencia y de imaginar una vida digna fuera del miedo.
Seguiremos trabajando desde los territorios, articulando redes y sosteniendo procesos comunitarios que pongan en el centro el cuidado, la justicia y la defensa de nuestras vidas disidentes. Porque ninguna persona debería ser perseguida, castigada o violentada por ser quien es.
